REGALO DE REYES (Primer Premio V Concurso de Narrativa Corta y Cuentos del Colegio de Enfermería de Las Palmas))


Regalo de Reyes
Regalo de Reyes

                          06/01/13

Hoy se cumple justo un año de mi nacimiento a una nueva vida.

Vivía yo en el cuerpo de una mujer de cuarenta años. Amparo, todas las mañanas, después de dejar a su pequeño en el colegio, paseaba por la orilla de Las Canteras y se daba un chapuzón en las frías aguas del Atlántico recién amanecido. Necesitaba sentir la humedad de la arena bajo sus huellas, la brisa del mar en la nariz y el calorcito del sol en las mejillas; la ayudaban a mantener limpia su sonrisa. Con ella saludaba a todo el que se cruzara en su camino. Amparo era una mujer feliz. No porque su vida fuera fácil, que no lo era, sino porque sabía escurrir de cada segundo lo bueno que pudiera otorgarle. Pero aquella mañana de principios de enero, un motorista estampó la sonrisa de Amparo en el asfalto; justo entre dos rayas blancas del paso de peatones. Ni siquiera se paró. La ambulancia tardó más de lo deseado. El encefalograma certificó las peores sospechas: Amparo no volvería a sonreír.

Esa noche el coordinador de trasplantes se encontraba en casa. Estaba divorciado y sus hijas eran ya mayores. Tumbado en el sofá, con el gato enrollado en las corvas, Pedro luchaba contra sus párpados tratando de ver Midnight in Paris por cuarta vez. En la mesa, la luz de la vela ululaba con su respiración. Cuando le sonó el buscapersonas, sintió como si el corazón le flotara en la ingravidez de un ascensor en descenso. Llamó al hospital casi temblando; tenía un presentimiento. Eran las doce y tres minutos. Pensó en Susana.

Susana era la enfermera responsable de la coordinación de trasplantes. Juntos formaban el equipo encargado de los donantes. Siempre se llevaron bien, pero compartiendo el dolor y la generosidad entrelazados a los que se enfrentaban con cada donación, forjaron una amistad mayor que el propio océano. Desde hacía un año, Jesús, el marido de Susana, se encontraba en lista de espera para el trasplante de córnea. Hacía cuatro años que se había quedado ciego. Aquel vapor ácido que achicharró sus ojos, derritió también cualquier vestigio de alegría en su vida. El hombre jovial, curioso y apasionado hasta el pellejo, se había convertido en una sombra agónica. Ni siquiera el nacimiento de Lucía, pocos meses después del accidente, difuminó su oscuridad.  Al contrario, la frustración de no poder ver crecer a su hija, lo volvieron aún más sombrío.

Pedro era el hombro en que lloraba Susana casi a diario. Necesitaba deshacerse de la bilis que masticaba antes de regresar a por más. Justo antes de entrar en casa, todavía sin bajarse del coche, Susana veía vídeos graciosos en su Ipad. Así conseguía que su voz sonara alegre al llegar. Si quería tranquilidad, debía hacer cualquier cosa menos demostrar sufrimiento delante de Jesús. Sabía que si no le llegaba pronto una córnea compatible, se hundiría en un pozo, aún mayor, que ni la risa de la niña conseguiría achicar. Ella tampoco sabía cuánto más sería capaz de aguantar.

Pedro encendía una vela cada noche. Susana se lo pedía a la luna.

Cuando Pedro llamó al hospital y le informaron de que había una posible donante, de edad y grupo sanguíneo coincidentes con los del marido de su compañera, empezó a entender a qué se debía la revoltura de su estómago. Se vistió con lo primero que encontró y peinándose con las manos se presentó en Críticos. La situación estaba clara: Urgencias estaba colapsada; la mezcla de almuerzos y de cenas para festejar las fechas, mezclados con el alcohol y los coches, resultaban siempre cócteles fatídicos. Si no trasladaba a su candidata de servicio, no les quedaría más remedio que desconectarla. Pedro, aquella noche, volvió a casa arrastrando los pies más que de costumbre. Si hacía caso de su intuición, en sus manos podía estar la felicidad de su amiga.

A la mañana siguiente, Susana apareció en su despacho como una exhalación.

—¿Por qué no me llamaste?

—Buenos días, compañera.

—Perdona, sí, buenos días. ¿Por qué no me llamaste anoche?

—Con uno que pierda el sueño hay, ¿no crees? Además, solo le conseguí cama. Tú tienes a Jesús y a Lucía. Mi gato se cuida solo.

—¡Cómo eres! Me quedo esta tarde entonces.

—Ni lo sueñes, pelirroja. Vamos a intentar dejarlo todo cerrado durante la mañana.

Que “yaa vieneen los Reeyees… por el arenaal… ya le traen al niñooo…”.

—Pedro…

—Shhh… No digas nada. Y sobre todo, no te hagas demasiadas ilusiones, Susana. No depende de nosotros. Hagamos nuestro trabajo como siempre: lo mejor que sabemos.

—¡Ay, Pedro…!

—Venga. Está en Politrauma. Box once.

Después de comprobar que todo estaba en orden con la paciente, mirándose a los ojos, se tomaron con fuerza de las manos y pensaron al unísono un: “Vamos allá”.

Faltaban siete minutos para las doce del mediodía, cuando se entrevistaron con el marido de Amparo. Las lágrimas que corrían de forma descontrolada por el rostro de aquel hombre de casi dos metros, hicieron que las rodillas de Susana flaquearan.

—Era tan buena —empezó diciendo—. No sé cómo podré vivir sin ella… Era mi vida, mi energía. ¿Cómo voy a cuidar solo del niño? —balbuceaba—. ¡Díganme que no es cierto! ¿Verdad que despertará como la Bella Durmiente…? Siempre sonreía. No puede haber nadie más bueno. Está tan… dormidita… parece tan… tranquila… No me lo puedo creer… El día anterior trajo un ramo de margaritas y llenó con ellas cada rincón. Cuando me fui a la cama, mi almohada estaba llena de pétalos. ¡Tiene cada cosa! Yo… volví… a… nacer… al encontrarme con ella… Si vieran como se tira al suelo a jugar con el niño, le da igual que estemos en medio del parque… Está todo el día cantando… Le encanta cantar, ¿saben?

De repente empezó a gimotear como el bebé que no tiene a su peluche para dormir. Pedro y Susana se miraban la punta de los zuecos mientras el hombre se desahogaba.

—¿Quiere una tila?

—¡Quiero que me la devuelvan! Quiero decirle que la quiero. ¡No recuerdo si se lo dije cuando nos despedimos la otra mañana! Quiero volver a ver su sonrisa. ¿Me entiende?

—¿Prefiere que nos marchemos y vengamos en otro momento?¿Quiere que llamemos a algún familiar para que le acompañe?

—¡Ya le he dicho lo que quiero! Solo… solo nos tenemos… teníamos…, es que no me acostumbro, solo nos tenemos… el uno al otro. Ella… ella lo era todo para mí… y mi hijo, claro. El niño es tan pequeño… la necesita tanto. Y yo, yo… también la necesito.

—¿Está seguro de querer hablar ahora?

—No van a decirme nada peor de lo que me ha dicho el otro médico. Vegetal… vegetal, sí, creo que esa fue la palabra que me dijo. Duro, ¿no?

—Es muy duro, desde luego. Susana es enfermera y yo me llamo Pedro, soy médico. Somos el equipo de captación de donantes.

—¡Joder!

—Déjeme que le explique, por favor, nosotros le hemos escuchado. Escúchenos solo un poco. Se lo ruego. Sabemos que esto es muy duro para usted.

—¡No saben nada! ¿No es su mujer, verdad? ¡No saben nada!

Entonces fue cuando Susana no aguantó más. Con la mano le hizo una seña a Pedro para que la dejara a ella y empezó a hablar. Él dudó si sería lo mejor, pero confiaba sin fisuras en la profesionalidad de su compañera.

—Escúcheme bien lo que le voy a contar, por favor  —le dijo tomándole la mano con lágrimas en los ojos—. Si usted accede a la donación de los órganos de su esposa, ella seguirá viva de algún modo en otras personas. ¿No cree que sonreiría si usted acepta? ¿No cree que le gustaría hacer felices a otras personas incluso después de irse?

—Pero la meterán en el quirófano y yo quiero velarla. ¡Quiero que se acabe ya este infierno! Si la desconectan… todo será más rápido. ¡Esto no me puede estar pasando!

—Entre a verla si quiere. Tómese el tiempo que necesite para despedirse. Escúcheme, imagine que es al revés.

—¿Cómo dice?

—Imagine que es mi marido el que está en esa cama, que solo mantuvieran su cuerpo con la intención de convencerme para que sus órganos llenaran de esperanzan a otras familias —el hombre había dejado de llorar y escuchaba con atención a Susana. Suponga por un momento, que fuera su esposa la que estuviera esperando un trasplante. Suponga, que se ha quedado ciega y que necesita dos córneas. Suponga que tienen una niña pequeña a la que ella, ni siquiera, ha podido ver. Suponga que, su mujer, tan feliz como era, se amargara cada día más volviéndose oscura como su propia ceguera. Sabe que el grupo sanguíneo de su mujer es cero negativo; donante universal. ¿Sabe lo que significa? Le hubiera sido muy difícil encontrar a alguien de su mismo grupo y de edad similar. Si fuera yo, pongamos por caso, la que me negara a donar los órganos de mi marido, tal vez su mujer hubiera
perdido su única oportunidad.

—Es mi mujer de la que hablamos. ¿No lo entiende? ¡Está muerta!

—Solo le pido que lo piense un rato, vale. Nos iremos y, si le parece bien, cuando esté preparado, vuelva al despacho y nos contesta. No más de una hora, ¿vale? Hemos activado el dispositivo de trasplantes. El tiempo va en nuestra contra. Tenemos a muchos esperando.

El hombre, cabizbajo, salió del despacho sin articular una palabra más. Pedro miraba a Susana y le parecía increíble su fortaleza; ni siquiera lloró.

Ya por la tarde, pasaban los pajes de Baltasar justo en el momento en que sonó el móvil.

—¿Dígame?

—¿Jesús Suárez Miranda? Tiene que venir urgente al hospital. Parece que tenemos dos córneas compatibles para usted.

Susana lloró aquella tarde de alegría, con una alegría inmensa. Al mirar a su marido pensó en Amparo. Y pensó sobre todo en aquel hombre de casi dos metros.

El seis de enero de dos mil doce fue la operación: me convertí en regalo de Reyes. En realidad, mi hermana y yo fuimos el regalo; dos corneas sanas, perfectas. Así fue como conocí a Lucía, la niña con los ojos más azules que he visto jamás. Cambié el baño diario en el mar, por la profundidad de sus ojos. Azul por azul.

Tal vez no se pueda decir que he vuelto a nacer. Tal vez ni siquiera a renacer. Tal vez mi destino haya sido siempre, simplemente, fundirme en azul.

Dedicado a mis dos José Luis, a los equipos de trasplantes de órganos, a los donantes, a los receptores y a sus familias

Si prefieres puedes leerlo pinchando aquí:

http://www.celp.es/celp/menu/servicios/noticias/primer-premio-del-concurso-de-relatos-2012


2 respuestas a “REGALO DE REYES (Primer Premio V Concurso de Narrativa Corta y Cuentos del Colegio de Enfermería de Las Palmas))”

  1. Jider Raquel, es precioso. A pesar de que me habis contado la historia, la manera de relatarla me hizo vivirla con intensidad…

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