RECORDATORIO


 

Marina relajada en un parque de Madrid en abril de 2010
Marina relajada en un parque de Madrid en abril de 2010

Hay días en los que las circunstancias parecen confabularse para que la tristeza nos invada.

Hoy llevé a Marina a su consulta anual (siempre que todo vaya bien) de neurocirugía. Le conté al médico que cada tres o cuatro meses está varios días como apática, con dolores de cabeza y barriga que nos inquietan, que nos recuerdan que estamos siempre con la espada de Damocles en el cogote, temiendo (en cualquier momento, casi siempre de madrugada) tener que salir con ella corriendo a urgencias, con la certeza de que solo saldrá del hospital después de pasar por quirófano (con todos las posibles consecuencias que eso conlleva). Le conté que está empeñada en jugar al baloncesto (con balones de verdad, solo la dejamos hacerlo con pelotas ligeras) y que nos preocupa que tenga el reservorio tan salido y la piel tan endeble en la zona.

El neurocirujano me advirtió que desde que viéramos alguna pequeña ulceración en ese lugar tendríamos que salir corriendo a urgencias porque el riesgo de infección en todo el dispositivo (desde la parte exterior del cráneo hasta el peritoneo) era grandísimo y que habría que solucionarlo recubriendo la válvula con un colgajo de piel de la zona posterior con ayuda de los cirujanos plásticos. Y luego miró a los ojos a la niña y le dijo: “Marina, ahora tu válvula funciona más o menos bien, y fíjate en que no te digo bien, sino más o menos bien; no podemos correr riesgos. Cada vez que hemos tenido que operarte hemos sufrido todos mucho, no solo tú, sino todos los que te rodean. Tú ya no te acuerdas pero puede que si tienes que volver a ingresar no estés solo unos días sino meses. Hay que elegir entre hacer las cosas que nos gustan y la VIDA, y la SALUD, y la CALIDAD DE VIDA.”.

Y sé que Marina no sabe a qué se refiere con calidad de vida, pero yo sí. Se refiere a la pérdida de sus capacidades cognitivas o motoras, a despertar siendo otra niña, la misma niña pero parcial o totalmente dependiente. Sí sé que sabe lo que le quiso decir con vida y, por supuesto, con salud.

Su padre y yo hemos intentado explicárselo y creo que lo entiende, que sabe de la importancia de cuidarse la válvula, que es muy madura, más de lo normal para su edad (la vida la ha obligado a serlo). Pero hace más de dos años desde la última operación (cuando el médico leyó en su historia clínica: diciembre de 2010, se me erizaron los pelos), y es una niña, al fin y al cabo, y su vida diaria se limita a saltar, a jugar, a cantar, a leer, a inventar, a correr, a investigar, a disfruta y… le gusta el baloncesto.

Cuando el neurocirujano salió del despacho, despidiéndonos con la esperanza de vernos al año siguiente, Marina dejó que los borbotones de lágrimas empaparan sus largas pestañas y yo, una vez más, tuve que consolarla tragándome las mías detrás de una sonrisa pausada.

Sí, definitivamente, hay días en los que la tristeza nos coge de lleno y no nos suelta. Sé que mañana me habrá abandonado y volveré a sonreír, a cantar, a escribir, a soñar. Mañana me despertaré haciéndole un corte de mangas a la tristeza, pero hoy (como sé que mañana se irá) la dejo que me estruje el corazón, que disminuya el volumen de mi voz, que llene mis ojos de lágrimas (de las peores, de las que no conseguimos que salgan aunque queramos).

Mañana, mañana solo recordaré lo triste que me sentí hoy.


2 respuestas a “RECORDATORIO”

  1. Raquel, te leo desde hace tiempo gracias a un enlace que compartió Berna Wang. Te leo desde el otro lado del Atlántico. Te leo y me conmuevo y hasta hoy no te lo había dicho. Gracias por tu valentía para poner tu tristeza en palabras y así compartirla con el mundo. Gracias por dejar que tus palabras tengan vida propia y se cuelen hasta mi casa. Te mando un abrazo fuerte desde tierras mexicanas. Adela

    • Un millón de gracias, Adela, por tus palabras. A veces uno se plantea para qué seguir publicando en el blog. Comentarios como estos son los que ayudan a seguir. Gracias por seguirme desde tan lejos. Espero transmitirte también alegrías, de vez en cuando.

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