Engaños


Esto parece la consulta de un dentista –dijo con cara de hipocondriaco el enchaquetado, tomando asiento enfrente del bigotudo, con la mesa de por medio.

Hasta en eso nos gusta ser discretos. ¿Usted dirá lo que le trae a nuestro humilde despacho? –preguntó mientras guardaba en el primer cajón de su derecha 1280 almas.

Lo de humilde no lo dirá por los honorarios, ¿verdad? Cobran más que yo. ¿Cuántos son, por cierto?

Trabajo solo. Mejor solo que mal acompañado, como puede verse. Hace diez minutos estaba de lo más cómodo. Ha llegado cuarenta minutos antes de la hora, señor. Y si no le gusta el precio que tenemos establecido, la misma puerta por la que entró es la salida, disculpe que no tengamos secretaria para acompañarlo como usted merece, pero ya le dije que somos muy humildes. No como otros –masculló.

¡Debería hacerse mirar el temita del “nosotros”!¡Joder, menuda manía! ¿No dice que trabaja solo? Mejor, entre menos gente se entere mejor –bufió el trajeado levantándose y mirando de soslayo al que sería su detective privado a partir de ese momento.

Si tiene algún interés en que trabajemos en su caso, tendrá que explicarnos de qué se trata.

No pudieron empezar peor. Eran como dos imanes del mismo polo; la repulsión mutua resultaba inevitable.

El enchaquetado se aflojó el nudo de la corbata y bebió un sorbo de agua con gas que el bigotudo le había servido. Se debatía entre relatar el motivo que le había llevado hasta él (pese a menospreciar, hasta límites insospechados, la “supuesta” labor de los detectives privados) o salir disparado por la puerta porque el despacho tenía un olorcillo antiséptico que le ponía nervioso. Pero estaba desesperado. El asunto que lo traía a solicitar sus servicios era el siguiente: Estaba convencido de que su amante le engañaba. No, no le había preguntado, ¡qué derecho tenía sobre su vida si él estaba casado! No, nunca habían acordado los límites de su no-relación. No, él nunca le había pedido que le fuera fiel, ¡eso se presuponía! No, su matrimonio era otra cosa; el matrimonio es un contrato y los contratos se firman, básicamente, para incumplirse. Si su mujer le engañaba o no, eso era asunto de ella. ¡Para lo que follaban lo mismo le daba! ¿Era realmente necesario todo esto para la investigación? ¿No sería que “ellos” eran unos cotillas? No, disculpe, no quise ofenderle, es que se me llevan los demonios cuando pienso que pueda estar con otro; nunca ninguna amante me ha sido infiel. ¿Cómo dice? ¿O con otra, que en estos tiempos tanto monta que monta tanto? ¡Por Dios hombre, no me quiera tan mal, solo me faltaba! ¿Que cómo puedo estar seguro de que me engaña? Un hombre sabe esas cosas, ¿no cree? ¿Que por qué me importa más que me ponga los cuernos mi amante que mi esposa? Porque la mantengo, ¡no te jode! Sí, sí, entendió bien, a la que mantengo es a mi amante, un pisito en Triana nada menos. Todo lo que tengo se lo debo a mi esposa. Bueno, en realidad a mi suegro que es el dueño de mi empresa. ¡Claro que tenemos gananciales, ni que fuera bobo! ¿Cómo dice? ¿Qué las herencias no entran en gananciales? ¡No me joda!

Cuando al cliente le quedaba solo descamisarse (ya se había quitado la chaqueta, la corbata y el cinturón) entró en el despacho una chica vestida con una bata blanca. Dio las buenas tardes y empezó a desplegar sobre una mesa con ruedas lo que parecía el instrumental de un dentista. El bigotudo apagó la grabadora que había encendido al guardar el libro en el cajón. Se dirigió al lavamanos que tenía al lado de la puerta y se colocó la bata.

Ya es la hora. Empecemos.

                                                                                                                                          escritorio dentistaEscrito el 7 de noviembre de 2014

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